El gran circo místico




Un chino, que parecía tener casi cien años, llega a un pequeño pueblo en el medio oeste de los
Estados Unidos. Misterioso, él llama la atención con su ropa rara y su manera de hablar con un fuerte
acento. La primera cosa que hace es ir al único periódico para divulgar que su circo va a tener una
presentación el próximo fin de semana. 


Como casi nada ocurre en el poblado, la noticia deja a las personas alborotadas. Todos quieren ver
las atracciones del circo. Entre tanto, más allá del viejo chino y su pequeño burro, que es su medio de
transporte, nadie más llega a la ciudad. Solo, el misterioso chino levanta las carpas del circo ante los
ojos curiosos de los pobladores. 


El fin de semana finalmente llega y todos van al circo, ansiosos por una noche diferente. Lo primero
que ven es al chino vendiendo los boletos en la entrada. Después que todos entran, el viejo se va
atrás de la carpa y, por la misma abertura, otro viejito aparece. Es el mago Merlín. Al principio, todos
se animan, pero el brujo parece senil y no se acuerda de las palabras mágicas que tiene que decir para
hacer los hechizos. Todos salen en busca de otra atracción. Merlín se queda solo intentando hacer algo
para probar que es el más famoso hechicero de todos los tiempos. 


Las personas caminan por el circo, que de afuera parecía pequeño, pero ahora es gigantesco, lleno de
espacios diferentes con atracciones variadas: el circo tiene a Medusa con sus serpientes en la cabeza; 
Pan, el rey de la felicidad, que es mitad hombre y mitad caballo; hay también una víbora parlante y un
pez que se transforma en un dragón de siete cabezas. A las mujeres les gusta el Apolonio de Tiana,
que tiene el poder de ver el futuro. 


Una de las señoras entra en el área donde está Apolonio. Él es un hombre guapo de mediana edad y
está sentado en una mesa donde no hay nada más que un mantel simple. Ella se sienta y dice que
quiere saber su futuro. Apolonio le pide veinticinco centavos. La señora le paga y empieza el siguiente
diálogo:


- ¿ Cuándo encontraré petróleo en mis tierras?
- Nunca, responde Apolonio.
- ¡Pero he pagado caro por las tierras!, ella se indigna.
- Ha desperdiciado su dinero. Próxima pregunta.
- ¿Cuándo voy a casarme de nuevo?
- Nunca.
- ¿Qué tipo de hombre aparecerá en mi vida?
- No va a tener más hombres en su vida.
- Entonces, mi vida no sirve de nada ya que no seré rica ni tendré más hombres...
- Yo solo leo el futuro, no lo valoro. El futuro es una tontería hasta volverse en pasado.
- ¡Quiero saber mi futuro! 


Apolonio respira profundamente y habla con calma: "Mañana será como hoy y después de mañana
será como anteayer. Veo el resto de sus días como una colección de horas aburridas llenas de
vanidades fútiles. No tendrá nuevos pensamientos y se olvidará de lo poco que ha aprendido. Más
vieja se tornará, pero no más sabia. Más obstinada, pero no más digna. Hijos no tiene y sin hijos se
quedará. De aquella dulzura que ha tenido en la juventud, de aquella simplicidad que otrora ha atraído
a los hombres, nada resta ni las recuperará."


La mujer llora y grita: "¡Miserable y despreciable hombre!" Apolonio baja su cabeza y continúa: "Los
espejos frecuentemente son despreciables y miserables. Cuando muera, será enterrada y olvidada.
Eso es todo. Además, todo el bien y el mal, la creación y destrucción que su vida pueda haber
alcanzado no tuvo ninguna razón de ser. Lo lamento, pero es mi maldición decir la pura verdad." La
señora sale desesperada en llanto. 

Al día siguiente, el circo parte del poblado. Sus habitantes se despiertan sin saber cómo llegaron a
sus casas porque la última cosa de la que se acuerdan era que estaban en el circo. Cada uno de ellos
vivió una experiencia única aquella noche, que quedará marcada para siempre en sus corazones.

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