Casí verdad (*)





Era un día cualquiera para Rosario. Ella se despertó temprano, preparó el desayuno de su familia y
estaba lista para salir a trabajar cuando su marido le dijo que él también tenía que salir porque recibió
una llamada urgente sobre un empleo temporal. Él, que estaba sin trabajo fijo hacía dos meses, no
podía rechazar la posibilidad de ganar algo de plata en tiempos de pandemia. Rosario, entonces, se
preguntóu: Quién cuidaría de Pablito, su hijo, de apenas seis años.


Ella llamó a su madre, dos de sus mejores amigas, y hasta a algunas vecinas. Nadie podía quedarse
con Pablito. En días normales, Pablito estaría en la escuela, pero, por causa de la pandemia, todo
estaba cerrado. Así que Rosario llamó a su jefa y le dijo que, desafortunadamente, no podría ir a
trabajar aquel día. La jefa, doña Catalina, contestó diciendo que ella la necesitaba mucho porque
había habido una fiesta la noche anterior y la casa estaba hecha un desastre. "¡Trae a Pablito contigo!
Hace mucho tiempo que no lo veo. Ya debe estar grandote", dijo la señora.


Fue así que madre e hijo, después de una hora de viaje en autobús, llegaron a un edificio enorme,
uno de los más caros de la ciudad. Pablito estaba súper feliz porque era la primera vez en mucho
tiempo que pasaba un día entero con su mamá. Después de cambiarse de ropa afuera, los dos
entraron en el departamento por la cocina. Doña Catalina estaba en el salón principal viendo la tele.
Desde allá gritó: "Rosario, antes de que empieces tu trabajo, lleva de paseo a Thor y a Thelma,
estoy agotada por la fiesta de ayer." La empleada contestó: "Doña Catalina, Pablito está conmigo y
él tiene miedo a los perros, ¿se acuerda?". "Ah, es verdad", dijo ella, "me olvidé que Pablito iba a
venir hoy". 


Doña Catalina se levantó y fue hasta la puerta de la cocina con dos perritos en sus brazos.
"Pablito se queda conmigo y tú sales con los perros". El niño, con miedo de los perros y de la mujer,
se escondió detrás de las piernas de su mamá. Rosario dijo, entonces, "Doña Catalina, no creo que
sea una buena idea, Pablito no va a quedarse sin mí en este apartamento. Él es muy tímido". 
Doña Catalina habló ya sin paciencia: "¡Rosario, es una orden! Deja al niño conmigo y pasea a los
perros". 


Rosario se agachó y le dijo a Pablito: "Hijo, quédate con doña Catalina solo por unos minutos.
Mamá vuelve pronto". El niño asintió con su cabecita. Luego que Rosario salió con los perros,
doña Catalina dijo: "Siéntate ahí y espera a tú mamá". Voy a acostarme un rato. Cuando la mujer
salió de la cocina, Pablito abrió la puerta y fue en busca de Rosario. Él no sabía cómo usar el elevador.
Apretó todos los botones y la puerta se abrió. El niño entró y, sin saber para donde ir, apretó el número
veintidós. 

Cuando llegó al piso de destino, encontró un balcón donde se podía ver todo abajo. Con dificultad,
escaló el parapeto y pudo ver a su mamá saliendo a la calle. La llamó: "¡Mamá! ¡Mamá!", pero ella
no lo oyó y siguió caminando con los perros. 


Rosario estaba preocupada por su hijo, por eso tan pronto como Thor y Thelma hicieron sus
necesidades, volvieron. Cuando estaba llegando cerca del edificio, vio una ambulancia yendo en la
misma dirección. Su corazón se aceleró. Nerviosa, ella y los perros corrieron. Cuando Rosario llegó,
divisó el cuerpo de Pablito en el suelo, rodeado de personas, ya sin vida.

En el apartamento, doña Catalina dormía tranquila y soñaba con su próximo viaje a París. 

(*) La noticia verdadera está aquí.

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